El despertar

Despertó. La nada más absoluta lo envolvía. No había nada que ver, que oír, ni que sentir. Hizo un pequeño ejercicio de reflexión y, entonces, empezó a recordar y cayó en la cuenta: estaba muerto.

Sus últimos días los había vivido en una intensa agonía. Afortunadamente, la morfina había hecho su papel, y había pasado durmiendo la mayor parte del tiempo.

Siguió rebuscando en sus recuerdos, y se dio cuenta de que no había cumplido con las expectativas que se había creado antes de vivir esta última vida. Lo había tenido todo, pero en lugar de aprovechar este don para mejorar la vida en la Tierra, lo había utilizado en provecho propio. Había condenado un poco más al resto de habitantes del planeta a un futuro que empezaba a adquirir tintes apocalípticos.

Recordó todo lo que había olvidado al entrar en el último cuerpo: cómo habían buscado un planeta habitable, cómo habían llevado la simiente vital que evolucionaría hasta poder albergar una conciencia, la alegría que él mismo y todos los suyos sintieron cuando, por fin, pudieron entrar en su primer cuerpo… Y después, el tiovivo de emociones: las alegrías, las penas, los éxitos, los fracasos; el vivir plenamente una vida mejorando la existencia del resto de la humanidad, pero también el caso contrario, como había ocurrido en esta última experiencia.

La vergüenza lo invadió. Había desaprovechado una oportunidad única. Tanto poder sólo se conseguía después de muchas vidas mejorando el planeta Tierra, y él la había desperdiciado. Sabía cuál era el castigo: le tocaría empezar de cero. El próximo cuerpo, muy posiblemente, no sobreviviría a la infancia.

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