Luna oculta I

Los días se iban acumulando en su baúl de desdén, y parecía que nada le iba a poder hacer salir de ese estado mesinfótico en el que estaba atrapado desde hacía ya casi un año. Su vida era su rutina: despertador, ejercicio, trabajo, televisión, dormir, y vuelta a empezar. Ni siquiera los fines de semana presentaban mejor cartel, ya que el trabajo tan sólo era sustituido por más televisión. Había tenido novia, amigos y familia, como todo hijo de vecino, pero todos habían acabado desapareciendo de su vida, de una forma más o menos trágica. Ni siquiera le quedaba Bobby, su perro, un Fox Terrier que se llevó su última novia porque «no lo iba a saber cuidar bien». ¿Sí? ¿Y quién lo había estado sacando a pasear? ¿Quién se encargaba de que nunca le faltase comida y bebida? En fin, no estaba hecho para el enfrentamiento, así que Bobby también había salido de su vida, y de la de su ex, porque a la semana de llevárselo se le escapó y murió atropellado.

Ese día, como empezaba a ser costumbre, volvía tarde del trabajo. Se le había complicado la cosa porque el capullo de su jefe había decidido que el último proyecto en el que estaba trabajando iba a costar la mitad de tiempo de lo que cualquier persona normal tardaría. -Tranquilo, eres un máquina, seguro que lo sacas a tiempo-. Joder, pero al final quien salía con el sol puesto siempre era el mismo. La mierda siempre cae de arriba hacia abajo. Es de dirección única.

Iba conduciendo su Ford Mustang, el gran capricho de su vida, cuando empezó a sonar una de sus canciones favoritas: Painted Moon. Como cada vez que escuchaba la canción buscó la luna, pero la suerte le fue esquiva y no la encontró. Miró por todas las ventanas pero no estaba. Tampoco le extrañó, porque no estaba tan pendiente de su ciclo como para saber si ese día habría cuarto creciente, luna nueva o un eclipse. Tampoco era algo que le fuese a quitar el sueño… O tal vez sí.

Siguió conduciendo hasta llegar a casa. Vivía en las afueras, así que había podido conseguir una plaza de garaje asequible con relativa facilidad. De no haber sido así, seguramente hubiese buscado otra zona donde instalarse, porque su capricho era su debilidad, y los Mustang no duermen en la calle.

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